"Siento vergüenza. Siento vergüenza". Clamor o lamento, con aroma a despedida de Manolo Jiménez, consciente de que la situación de este Zaragoza crepuscular, concursal y de 'agapitada en agapitada', se desploma día a día, minuto a segundo, verso a verso, golpe a golpe. Mientras le duró la empanada al Málaga, se sostuvo medio decentemente. Se adelantó en el marcador con un gol del malagueño, pero no malaguista, Aranda. Pero las desgracias en casa del pobre... ya se sabe. Seba empató en la última jugada del primer tiempo. Y el cuento se acabó cuando, un templado centro de Isco rebotó en Da Silva y se introdujo en el fondo de las mallas de un frustrado Roberto. El Zaragoza se desplomó, dijo adiós. El Málaga, sin jugar un pimiento, se adornó y convirtió al portero zaragocista en el mejor de su equipo. Increíble.
Demichelis de cabeza, Isco y Rondón cerraron la inimaginable manita, impensable por el poco fútbol expuesto por el Málaga en los primeros 67 minutos, pero comprensible por el proceso de liquidación por derribo de este penoso Zaragoza.
La venganza de Aranda
La verdad es que el comienzo del evento no barruntaba un final como el que se escribió. El Zaragoza presionaba arriba, hacía faltas tácticas y parecía sentirse a gusto en un escenario donde había puntuado en diez de sus últimas 14 visitas. A los 23 minutos Lafita, un futbolista elegante pero que tiene cara de estar muy aburrido y hasta las polainas de la situación centro desde la banda derecha sin que nadie (Monreal) se lo impidiera. Carlos Aranda se adelantó a Mathijsen y Weligton y remató con comodidad lejos del alcance de Willy Caballero. Su celebración, llevándose la mano a la oreja como queriendo decir "no os oigo" levantó las iras de una grada que se dio por aludida y que no tiene a este súbdito de El Palo como uno de sus hijos predilectos.
El Zaragoza trataba de acumular minutos y, atropelladamente, alcanzar al descanso con tan soñado tesoro. Pero en la última jugada del primer tiempo, Isco, a bote pronto, se sacó de su chistera un centro primoroso que encontró la cabeza de Seba Fernández, que aprovechó su absoluta soledad para empatar el encuentro. El uruguayo, que jugaba su partido 50 como blanquiazul, cabeceó con elegancia y anotó su quinto gol de la temporada. A renglón seguido Turienzo Álvarez dio el pitido final.
El proceso de descomposición del Zaragoza desesperaba a Jiménez y la estopa sólo necesitaba una chispa para empezar a arder. Fue el autogol de Da Silva, que fue también el funesto invitado a la jugada que glorificó a Demichelis (improvisado lateral derecho por la lesión de Sergio Sánchez) quien saltó más y mejor que todo el mundo. El Málaga ya jugó contra un pelele. Dos goles más, de Isco y Rondón, y un dato para la meditación. El Málaga sin jugar bien marcó cinco goles y convirtió a Roberto en el mejor jugador de su equipo, un grande de España que se desangra.
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